viernes, marzo 03, 2006

Hoy me siento muy idiota, ¿sabés? No me atreví a decirte cuánto te quería por temor a que no lo sintieras tu y porque no estaba segura si era eso realmente lo que me hacías sentir. Simplemente seguí sonriendo y saltando inocente y alegremente, como tu pequeñita amiga, tu hermanita menor. Seguimos yendo al parque, al zoológico... me compraste globos, helado, algodón de azúcar... ¡y gomitas! Las gomitas azucaradas de colores que tan locos nos volvían.

Siempre añoramos la niñez... quizás porque no tuvimos una muy buena, o porque fue tan buena que queremos volver. O tal vez sólo tenemos miedo de crecer. Pero al menos podemos compartirlo. Soñando todos los días con un campo sin límites, sin fronteras, de horizontes abiertos; con plantaciones inmensas de cerezos blancos y rosas... margaritas, dalias, césped y sol, mucho sol. Y mi vestido rosa de puntilla, ¿no? Jugábamos a las escondidas. Y nos recostábamos en ese pastito verde muy verde, a penas salpicado con el rocío de la mañana, a remontar un barrilete de colores. ¡Y cómo volaba! Nos hacía pensar que era tan fácil... y lo era, realmente volar era muy fácil contigo. Era sólo cuestión de cerrar los ojos... y dejarse llevar.

Y no puedo evitar extrañarte aunque estés al lado mío, aunque nos riamos bajito con complicidad; aunque me des tus cariños y tus abrazos, siento decirte que ya nada es igual. No puedo mirarte de la misma forma que antes, con esa ingenuidad y admiración a ese nene más grande que me enseñaba el mundo por primera vez; a ese nene grande que me cargaba en brazos y me enseñaba a caminar; a ese nene grande que me cuidaba y defendía, y que me aconsejaba. Fuiste mi hermano, mi amigo y mi maestro... ahora tienes otro título más. Siento decirte que las cosas han cambiado... pero yo no te voy a cambiar jamás.

Me siento muy sola y vacía de sólo pensar y recordar aquellas veces que me decías que necesitabas a alguien. No una amiga, no una hermana, sino alguien a quien amar, pero no me atreví a decir más que “ya va a llegar”. Tarde me anunciaron que yo era esa mujer y no me diste tiempo a decir las palabras que callé. Y fue duro haber tenido razón; sí, llegó, pero debí haber sido yo.

Y ahora camino solita, arrastrando los pies y pateando las piedras, sin nadie a quien tomar de la mano. El barrilete se fue volando, el día se nubló, se marchitaron las florcitas y el pasto se secó. Y ya no tengo con quien jugar. Sólo puedo verte como algo lejano e inalcanzable, y los recuerdos me obligan a llorar. Siento no haberlo dicho antes, y siento que no me lo hayas dicho antes. Siento admitir que ya es muy tarde.