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Caminaba incorpórea y etérea por los mismos senderos y acabé por perderme otra vez. Inusual, esta vez el paisaje fue otro del que esperaba encontrar. Dejé atrás, obnubilada, el desencantado -y tantas veces visitado- camino de tierra, para zambullirme en las fragancias que ofrecía el nuevo lugar.
Infinitos horizontes de verde hierba, kilómetros de girasoles al sol. Recorrí con mi mano liviana las flores y, sensible al viento, ésta se alzó. Toqué con los dedos las nubes, y un tenue arcoiris también los rozó.
Al final, un inmenso, robusto árbol daba sombra alrededor. Cerré los ojos para respirar profundamente el fresco aroma, y una caricia, al tacto, me despertó. Se sentó a mi lado sin siquiera poderla ver, pero sin duda podía sentirla. La amé, la odié, la conocía, lo sé. Rodeó mi cuello y susurró. Me hacía sentir como en casa.
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