
Sin ti, vacía y enferma.
Desangrando, consumida y obsoleta.
Pero no muerta, no muerta, no...
Porque aún escucho tu voz hablarme,
y siento tus labios sobre mi tez.
Lo que quedó de tu desgarrante partida
es lo que lloro –incesante- cada a día
y sangro mares de culpa por doquier.
Son tus palabras las que envuelven en delirio
cada partícula restante de mi ser.
Son tus caricias de abandono las que siento,
escalofríos recorriéndome la piel.
Lo que quedó de ti entre estos grises muros,
desesperanza envuelta en inciertos futuros.
Y sangro mares de culpa por doquier.
Embebí mi alma en tu diáfana esencia,
y sumergí tu cuerpo en lagos de dolor.
Incontrolables resabios de demencia
que con oprobio congelaron tu calor.
Ignominiosa ahora me arrastro por la tierra
pero gozosa de llevarte a fenecer.
Y sangro mares de culpa por doquier.
