
[...] Ahora es como si estuviera paranoica mirando sobre mi hombro, sintiéndolo tras mi espalda. Ahora ya no puedo callar las voces, no puedo ignorar los gritos. Es como un tornado dentro de mi cabeza, y no cesará, no cesará.
Ya no puedo borrarlo, no puedo eliminarlo, ya se instaló bajo mi piel. Ese otro ser, ese nuevo ser que tan bien has sabido crear, ese enfermo y deforme súcubo que ríe cada vez que tropiezo, que acusa cada vez que me equivoco, que reprocha cada mínimo milímetro de mi ser. Observa cada acción, constantemente me persigue. Ya no puedo dejar de escuchar su risa, y hasta ha opacado el sonido de la mía.
Es que cada cosa que dijiste me llevó más hacia el borde y estoy a punto de caer. Tapo mis oídos, pero tus gritos logran penetrar de todas formas. Cierro mis ojos y aún así te veo dentro de mi cabeza. ¿Acaso no me dejarás en paz? ¿Qué debo hacer para borrarte?
Todas estas palabras parecen no tener sentido, pero encuentro placer en la incoherencia. Confundiendo lo que es real y todo aquello que es obra de mi mente. Las paredes comienzan a acercarse. Continúan, continúan, y me aplastarán. Me he sentido de esta manera antes, tan insegura, tan paranoica, tan asfixiada. Inmovilizada por mis miedos, no logro realizar ni un movimiento, estoy tan perdida por dentro.
Y las respuestas parecen ser tan claras, pero tan inalcanzables.
¿Por qué siento los días como si fueran noches?
