viernes, septiembre 02, 2005

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[…] Le das color, le das sabor y le das vida; tú te adueñas del alma que alguna vez fue mía. Supiste ganarme embelesando mis sentidos, tomaste el control y ocupaste el vacío; llenaste mi vida de los más tiernos suspiros.

Te pertenece todo lo que soy, tú apaciguaste ese punzante dolor y te debo la felicidad que ahora poseo. Me entrego a los brazos de aquél que venero. Eres ahora lo que en verdad anhelo, emborrachas mi mente con tu agridulce veneno; me sofoca ahora un incontrolable deseo, me ahoga este desbordante y poderoso deseo; suplico que vengas por mi consuelo.

Derraman pasión, susurran hermosas palabras de amor… besos de seda, besos de miel, tan suaves y dulces como tu piel.

No quiero esperar, no puedo esperar, necesito tu pacífico silencio virginal; aquel que me envuelve, aquel que me abraza, que llena mi cuerpo de sensaciones extrañas; incomprensibles, incontrolables, y esbozo palabras poco razonables. Es que no logro el sueño conciliar, no atino a firmemente pensar, y sólo balbuceo pedestres palabras intentando, vanamente, mi sueño reflejar.

Toda mi esperanza, toda mi nostalgia, toda mi existencia se vuelca hacia tu ser; le das razones a esta humilde muñequita de papel, de un pálido e insípido trozo papel; frágil y volátil, condescendiente a tu merced.

Ábreme los ojos, muéstrame este mundo por primera vez; guíame y enséñame todo aquello que no sé; pues contigo soy una niña, una ingenua e inocente niña, atenta a tus palabras desbordantes de saber.

Me halagas y enamoras con palabras encantadoras, ¡qué difícil resistirse a la calidez de tu ser! Acalla las ansias que me inmovilizan ahora, embebe mi espíritu con el aroma de tu piel.

Tú derrites el hielo en mi frío interior, tú iluminas mi alma con tu inmenso esplendor; me abandono al refugio de tus brazos, te ansío con el más desenfrenado fervor […]